Por qué los libros digitales no salvarán a los autores desconocidos

La publicación de este artículo en el Herald Post estaba prevista para enero de 2017. Desgraciadamente, este diario digital cerró sus puertas antes de que este texto viese la luz.

Antes de la aparición del libro electrónico, era prácticamente imposible para un autor desconocido conseguir que sus libros llegasen a los lectores. Tal proeza implicaba alcanzar un trato con una editorial, y esto implicaba a su vez convencer a la editorial de que el libro sería rentable. Esto está lejos de ser trivial. Los editores rara vez se molestan en leer más del 5% de los manuscritos que se les ofrecen. Muchos autores quedaban fuera del mercado editorial porque las propias editoriales les excluían.

Con la aparición de los libros digitales, muchos autores que estaban hundidos en el fango de la indiferencia editorial creyeron que tendrían la oportunidad de alcanzar el éxito por otros medios. Ciertas características inherentes al formato sugerían, de acuerdo a ciertas personas, que las novelas hechas de bytes estaban llamadas a cambiar el funcionamiento del sector editorial para siempre.

La principal característica de los libros electrónicos es que son extremadamente baratos de distribuir, por lo menos cuando se aplican principios de economía de escala. Los libros tradicionales son productos que tienen un peso muy elevado en comparación con su valor comercial. Al contrario que un smartphone moderno, que tiene un valor significativo por kilogramo, un ordinario libro de papel tiene un precio ridículo. Esto es un gravísimo problema, ya que el peso se traduce en grandes costes logísticos en almacenamiento y transporte que deben costearse para distribuir productos poco valiosos. Un libro electrónico requiere una infraestructura elaborada para poder ser vendido, necesitando tiendas online y plataformas de pago electrónico, pero cuando se venden suficientes copias, el coste de distribución es muy reducido.

Esta cualidad hace que, en teoría, cualquier persona con el suficiente interés pueda escribir una novela, publicarla en Internet y venderla a miles de lectores, sin necesidad de vender los derechos de propiedad intelectual a una editorial. Para un autor de tiempos pretéritos, conseguir que una editorial comprase los derechos de venta y distribución de su novela era absolutamente esencial, pues sólo una empresa con músculo puede afrontar los gastos necesarios para comercializar libros de papel con éxito. Ahora, un autor moderno puede subir un libro digital a una de las muchas plataformas de auto-publicación que existen, poniéndolo a la venta ante millones de personas por una ridícula fracción del coste. La negación de las editoriales a publicar una novela no equivale a una sentencia de muerte para la misma, ya que el autor siempre podrá publicarla en formato digital en Internet y vender copias a millares. Al menos, ésa es la teoría.

Honestamente, creo que el advenimiento del libro electrónico no ha mejorado sustancialmente el estado de la industria para los autores. Procedo, aquí, a exponer los motivos.

Un autor necesita tres cosas para vender un libro. Necesita publicidad, necesita distribuir el libro y necesita un editor capaz de convertir un manuscrito en una copia apta para la venta. Cualquier plan comercial que no tenga en cuenta esas tres necesidades resultará en un terrible fracaso. Las plataformas de auto-publicación y la facilidad con la que se distribuyen los libros electrónicos sólo solucionan uno de los problemas. Poner un libro electrónico a la venta en Internet sin la debida inversión en publicidad y edición no conseguirá que el libro sea vendido o conocido. Una editorial proporciona soluciones en los tres frentes. Un autor que actúa por su cuenta lo tiene más complicado.

Por si esto no fuese lo suficientemente malo, los libros digitales producen un nefasto efecto secundario. El coste de replicar un libro digital es prácticamente nulo. Esto implica que el suministro potencial de ejemplares de un determinado título es poco menos que ilimitado. No hace falta ser un experto en economía para saber que un bien que tiene una disponibilidad ilimitada es ilimitadamente barato. Dicho de forma sencilla: el tratado sobre cabuyería que a Clifford W. Ashley le llevó once años redactar, tras cerca de cuarenta años de investigación, tiene un valor cercano a cero. No hace falta más que revisar los catálogos de diversas tiendas de libros digitales para darse cuenta de que muchos autores están vendiendo novelas a precios insultantemente bajos. Un autor que invierta un año en escribir un libro y quiera auto-publicarlo digitalmente tendrá que competir con miles de novelas que se venden a menos de un dólar. Si la novela se difunde mínimamente, lo cuál ya sería raro, no tardará en ser pirateada sin piedad a coste nulo por los internautas. El autor estará trabajando virtualmente gratis. Las editoriales llevan ya un tiempo tratando de restringir el suministro de libros digitales artificialmente, empleando mecanismos como el DRM, pero dichas medidas, además de antiéticas, se están probando ineficaces.

Así pues, los libros digitales ayudan a los autores porque les permiten publicar sus libros sin necesidad de que una editorial se apiade de ellos y se haga cargo de los aspectos comerciales. Desgraciadamente, no solucionan por sí mismos los problemas a los que los autores deben enfrentarse a la hora de publicar un libro, y devalúan enormemente el valor de una pieza literaria. El hecho de que los libros apenas valgan nada es muy positivo para los consumidores, pero es un triste consuelo para el autor que no puede vender a más de un dólar un libro que le llevó ocho años publicar.